martes, 25 de marzo de 2008

El pájaro y la huella

"La señora Yonsuk decía que lo que nace en este mundo no desaparece nunca; así como se ve ahora la luz de una estrella que ya no existe, todo lo que se ha ido deja una huella, que se materializa de nuevo, incluso mucho tiempo después, delante del que espera".
El pájaro. Oh Jung-Hi


Bajábamos por un camino de tierra, que el viejo Citröen soportaba con dignidad, aunque a veces se quejaba de las piedras que golpeaban contra los bajos. Dejando atrás el lago de Sanabria, ya comenzaba a oler a poblados de hombres viejos y mujeres de luto. Sobresalía ligeramente, sobre el horizonte, el humo de la leña consumiéndose atrapada en sus chimeneas.
Y de repente, ocurrió.
Un diminuto pájaro apareció de la nada, y se estrelló contra el parabrisas. El golpe fue seco y doliente, quebrando el silencio, pero sonó con la suavidad agitada de un aleteo entre las ramas. Pude ver por el retrovisor cómo el pájaro en un segundo vencía la gravedad y hacía el amago de remontar el vuelo, pero enseguida cayó con cuidado a los pies calientes del asfalto. Una lenta caída, a cámara lenta.

Paramos el coche en ese mismo instante y salimos corriendo a buscarlo. Estaba sentado, posado sobre el mismo centro de la carretera. Inmensamente quieto. Parecía tranquilo, aunque nosotros íbamos corriendo hacia él. Mansamente, se dejó coger, sin parpadear. Nos retiramos de la carretera con él en el cuenco de las manos. Sentí su calor suave en mi manita. Dos, tres, cuatro manos acariciándolo, cubriéndolo, tratando de revivirlo o despertar en él una señal de recuperación. Mis ojos se detuvieron en su belleza. Era un martín pescador. Tenía un pico alargado, que utilizaría hábilmente para comer de las aguas del lago. Era diminuto para su especie, no pasaría de diez centímetros. Y sin embargo, concentraba en cada milímetro de su ser una hermosura increíble, como una caída de sol en los atardeceres de Tánger. Su vientre y algunas otras zonas estaban pintados de un naranja cálido y acogedor. Y el azul turquesa y el blanco jugaban por el resto de su cuerpo. El color de su plumaje depende de la incidencia de la luz. Y esta vez el sol parecía haber caído para siempre.

El martín pescador. Cuentan de esta especie que, aunque silenciosos y solitarios, macho y hembra se juntan para construir una galería en los márgenes del río donde habitan, para colocar allí sus crías. Ella pone de cinco a siete huevos, que esconde bien dentro del nido. La casa familiar se establece a poca altura sobre el nivel de agua, y por eso estas avecillas vuelan tan bajo. También esa altura les proporciona una vista formidable para divisar los pequeños peces con los que se alimentan. Y también dicen que a la hora de pescar entran de cabeza en el agua con su rapidísimo vuelo a baja altura, con el pico por delante. Cayendo en picado con los ojos cerrados, alcanzan a su presa con una altísima tasa de éxito. Sin embargo, un automóvil, aunque viejo y cansado, representa el mayor de los enemigos. Y el cristal no es el agua, aunque a veces engañe.

El pequeño ave comenzó a boquear como un pez herido y apartado de la orilla del mar. Una, dos, tres veces abriendo su largo pico. Como queriendo sobreponerse… o quién sabe, en una larga espera desafiando al destino… Cuatro, cinco aperturas, cada vez más fuertes… Nuestras manos lo cubrían, observándolo y dándole todo el amor del mundo, ése amor que le faltó a los invasores de un paraje natural que no era suyo… Manos abrigando la belleza y también a todas las disculpas humanas… y al sexto suspiro, con la misma mansedumbre de sus movimientos, dejó de respirar, muy suavemente…

Cuando, a modo de epitafio, una gotita de sangre salió de su pico, algo más que un diminuto pájaro disfrazado de arco iris quedó posado para siempre en el regazo de un árbol milenario.

3 comentarios:

Bea dijo...

Qué bello y qué triste a la vez. Me aguanto las lágrimas. Bonito final.

igor dijo...

...es que es algo tan impactante... a partir de ahí nos movimos en bici el resto del viaje, hasta la vuelta... gracias por venir, Bea!! ;) bsx!

Lara dijo...

Esto son las cosas que nunca nos da tiempo a contarnos allí. Pero leerlo ha sido, quizá, mejor que escucharlo. ¡Gracias!