viernes, 12 de diciembre de 2008

Nosotros, los violentos

El discreto encanto de la hipocresía. Discurso contra el discurso anti violencia

Cada vez que sucede lo que hemos asimilado culturalmente como “acto violento” o “atentado terrorista”, todo el mundo se apresura a sentenciar que “la violencia no nos lleva a ningún sitio”, y declara veredictos como “yo no soy violento” o “yo no apoyo la violencia”.

Si el diccionario fuera más preciso, recordaría que “violencia” es una palabra que siempre se refiere a otros, nunca a quien la emplea. Los violentos siempre están al otro lado y nunca son nuestros amigos. Y luego, según convenga, se puede meter a todos los violentos en un mismo saco donde están sus amigos, sus vecinos, sus compañeros de viaje y hasta los que “comparten posiciones con el entorno”, como han acusado esta semana a Soziedad Alkoholika para conseguir suspenderles un concierto en Madrid. Mucho ganaría el lenguaje, y nosotros, en honestidad, si pudiéramos aplicar una expresión que hablara de “nosotros, los violentos”, igual que con otros grandes éxitos de la lista de la hipocresía como “nosotros, los racistas” o “nosotros, los machistas”.

Pero para hablar de violencia no hace falta mirar a las grandes guerras… en lo más pequeño encontramos infinitas dosis de violencia. En nuestras formas de comunicación, en la forma de hablar, en la forma de mirar. En el tono, en nuestros gestos. Y la utilizamos según convenga. Constantino Bértolo admitía recientemente que “escribir es un acto de desigualdad –uno habla y otro calla– y, por ende, conlleva violencia”. Qué violencia no habrá cuando atropellamos las palabras del otro o cuando mediante la firmeza podemos convencer al otro de nuestros intereses. Porque no es lo mismo para una persona que para otra la violencia recibida: cada una tiene su límite físico y emocional a la violencia que recibe, lo que define la ecuación y explica que a veces se pueda dominar al otro utilizando muy poquita fuerza sobre él, o que quien está en una situación de poder pueda sobrevivir sin necesidad de mantener el uso de la violencia que le hizo posible colocarse en esa posición social, o que para equilibrar el poder haya que recurrir a altas dosis de violencia.

Los mejores maltratadores no son ogros a los que se les va la mano porque la sopa se les haya quedado fría, sino los que saben hacer daño atacando con maestría y un par de palabras venenosas el lado más vulnerable de la vida y las heridas abiertas. Día tras día, la mejor de las torturas para invisibilizar al otr@, hacerle sentir pequeñ@, perder su amor propio o su alegría... y para conquistar el poder, primero, y salvaguardarlo después. Un esquema que se repite en los ámbitos económicos, sociales, de género…

La violencia. Llevo tiempo dándole vueltas a si habrá algo más violento que negar hoy en día el trabajo a la gente, o arrebatar la pensión a un anciano que regaló 40 años de su vida al trabajo, o arrebatarle la vida a un joven que tendrá que vender barata su fuerza de trabajo y su dignidad para pagar una hipoteca de 40 años por una vivienda. O vender un sistema de salud de primer nivel, que era de todos, a empresas privadas para convertir la salud de cada individuo en un rentabilísimo negocio en el que si no tienes para invertir, no eres atendido. O si no será más terrible no compartir el pan que directamente robarlo, de la misma forma que es más miserable no tender la mano a quien ha caído al pozo, sabiéndole necesitado, que arrojarlo al vacío. Y nadie se plantea ese dilema en un país que resurgió de la emigración, y que no tiene ninguna intención de tender la mano a los miles de subsaharianos que tratan de salir del pozo en el que viven, queriendo vencer al hambre invencible.

Todos somos violentos
En la sociedad de clases todos somos violentos, ya que siempre hay alguien más pobre al lado, e interactuamos los unos con los otros como las lentejas en un saco cuando se mete una mano y todas las demás se mueven. ¿Acaso no es violencia pasear un BMW último modelo vistiendo un polo de marca que vale él solo un cuarto del salario de mucha gente, ante los ojos de los que no tienen medios para llegar a fin de mes? ¿Hay mayor violencia que la opulencia? Si a la opulencia la sumamos la inconsciencia, encontramos casos como los de las señoritas que se perfuman con el jazmín arrancado por niños egipcios, para tomarse las copas más caras en los clubs más selectos. O quienes llevan abrigos de piel previamente arrancada a tiras a otros seres vivos. O los que visten orgullosos la ropa que todos sabemos que está construida por niños en los telares de la espalda del mundo. Hay suites de hoteles en las capitales europeas que sobrepasan los mil euros la noche, y muchos yuppies inconscientes pasan fines de semana en París o Viena, derrochando litros de combustible para alimentar un avión gastando sumas de dinero (que no es sino otra forma de lenguaje, la forma impresa de ratificar una apropiación del trabajo ajeno) que suponen una burla violenta para los demás. Están también los que no tienen un ocio más interesante (ni más inconsciente) que comprarse un coche deportivo o un todoterreno para correr, destilando con el petróleo derrochado la sangre derramada de tantos pueblos pasados por la piedra imperial para mantener un comercio violento y en guerra permanente.

Violencia cotidiana la sufrimos en los atracos legales de los bancos y sus comisiones, las operadoras de telefonía, los precios del transporte que se encarecen tanto si sube como si baja la gasolina (aunque sean eléctricos). Violencia en la oficina, degradaciones laborales asumidas por el pacto implícito de que el principio de autoridad va dentro del salario. Violencia sobre la mujer que cobra menos por trabajar lo mismo. El joven que trabaja gratis. Los que echan más horas sin que les pidan permiso. Violencia porque no tienen la forma de negarse, ni sindicarse, ni recordar que somos seres humanos, y no recursos humanos. Violencia multinacional en los anuncios de EREs nuevos para mantener la cuota de beneficios viejos. Violencia la del especulador bursátil, que en un solo día deja en la pobreza a un país entero arruinando una moneda.Violencia la de un país que tras más de una década de boom económico mantiene la cifra de ocho millones y medio de personas por debajo del umbral de la pobreza. La misma cifra que hace diez años, ahora que estamos a las puertas del crash. Violencia es que aún existan barrios marginales, y en uno de estos días una explosión de gas se lleve por delante la vida de tantas personas en Gavá. O la de los dos bebés, que vivían en una infravivienda con su abuela, en un incendio en Villaverde la noche anterior. Violencia nocturna la de las excavadoras invisibles que entran en la Cañada Real a tirar casas donde vive gente. O la de las redadas policiales en los barrios pobres que acogen a la inmigración pobre que nunca pisó los barrios ricos (donde llegan de uno en uno y con dinero), empujándoles al delito como única alternativa y a la mara como forma de supervivencia en grupo.

Violencia en el campo de fútbol, en el hincha Santos Mirasierra que tira una silla a un policía y le caen tres años de cárcel..., pero nunca la de los grandes delincuentes que habitan el palco, que son los mismos que atentan contra el medio plantando hoteles y campos de golf en delicados entornos protegidos de la geografía peninsular. Violencia en los espectáculos de la plaza de toros, maltrato animal en los espectáculos de circo, zoológicos y demás ferias artificiales. Violencia porque vayas a comprar fruta y te vendan plástico a precio de oro, mientras el agricultor malvive. Violencia la de los cultivos industriales que devastan la tierra. Violencia que esté permitido verter veneno a los ríos y tóxicos al aire y a los invernaderos. O alimentar al ganado con basura en los centros de exterminio donde viven los animales hacinados para que después de pasar por el laboratorio llegue a tu mesa lo que crees que es carne. Violencia transgénica la de la industria de la violencia.

Violencia en la familia, donde un “inútil” vale más que mil cachetes. Violencia la del abandono, la dosificación del cariño, la infravaloración. Violencia en la escuela, en la que eres un paciente sin sueño mirando el reloj sin magia, hasta que pasa la infancia y el tiempo de los juegos, y te entregas a la violencia del mundo laboral. Violencia entre niños para repartirse la frustración de los padres. Violencia en la pareja donde todos los mecanismos de poder están en la agenda diaria, y se hacen reales mediante una violencia de silencios, chantajes emocionales... Violencia en la dosificación del deseo. Violencia sexual, en los juegos de poder machista de ciertas formas de erotismo. Violencia patriarcal, contra la mujer y contra el hombre. Violencia contra las otras formas de la sexualidad. Violencia en las bromas, en la ridiculización. Violencia la que no guarda respeto al otro por sentirse diferente. Violencia en la dictadura de la moda y sus bombardeos cotidianos de cuerpos photoshop, talla única y sus 24 horas de anuncios ininterrumpidos.

La violencia, lenguaje universal
La violencia es un recurso utilizado cada día. Para abaratar el mercado de trabajo, para bajar los precios de las materias primas. Violencia para educar al niño, violencia la de sus juguetes bélicos, atado a la pata del televisor. O para educar al perro o al gato, para que sean nuestros peluches domésticos. ¿No es asquerosamente violento tener por capricho en el salón a un pájaro encerrado de por vida en una jaula? Violencia en los cadáveres expuestos en los escaparates de las carnicerías y en los animales vivos enjaulados en los escaparates de las tiendas exóticas. Violencia que el Estado pague la vacuna más cara y más inútil de la historia a las farmacéuticas con la excusa de prevenir el cáncer de cuello de útero y con el resultado de controlar el miedo a la sexualidad de millones de niñas y adolescentes. Violencia en el escandaloso número de episiotomías, fórceps y cesáreas practicadas en los partos hospitalarios. Violencia democrática la de que se vuelva a repetir el referéndum europeo en Irlanda, pero ahora con promesas de créditos nuevos, ya que el referéndum de hace tan solo unos meses no tuvo validez porque los irlandeses dijeron que no. Violencia la de los CIEs, cárceles de inmigrantes donde cada día entran, para permanecer durante meses, cientos de personas cuyo delito es no llevar un papel encima. Violencia tras las interminables rejas de las prisiones invisibles, cuyos muros están hechos para esconder el terror y que a nadie le dé por cuestionar si hay democracia. Violencia adormecedora la de la droga suministrada por el Estado, ya sea en forma de heroína, tabaco o televisión. Violencia la de la publicidad que vende modos de vida inalcanzables como atractivas trampas.

Con violencia desalojan a los mapuches, y a toda clase de indios, las empresas españolas para hacerse con los recursos por América Latina. La mano invisible del mercado reparte fusiles en el Congo para los 30.000 niños soldado que se matan entre ellos por sacar el coltán de nuestros teléfonos móviles. Este invierno, como el pasado y como el que vendrá, el gas argelino de un pueblo degollado calentará nuestros hogares occidentales. La violencia es la misma siempre, sólo que según quién la utilice y cuáles sean sus objetivos, vendrán los matices y las exculpaciones. Como ocurre entre los héroes y los villanos, la diferencia está en quién escribe la historia. Eso sí, puestos a clasificar, hay dos tipos de violencia: la que sale en los medios (y asumimos como tal) y la que no. Los noticiarios, productores de odio y de opinión, están hechos de violencia. Y una mano invisible va moviendo los hilos para dirigirla hacia nuestras conciencias. Carlos Palomino fue un violento porque se plantó sin armas frente a una manifestación fascista. Violentos son los que atacan una comisaría en Madrid en repudio por el asesinato policial de un muchacho de 15 años en Grecia; pero nunca los policías que, armados con armas reglamentarias y no reglamentarias, detuvieron salvajemente y de forma aleatoria a varios jóvenes en el centro de Madrid. Los que mataron a Alexis Grigoropulos eran defensores de la ley que se excedieron en un incidente de consecuencias trágicas.
Violentos, sin duda alguna, son los que asesinaron a Inaxio Uria, constructor del TAV-AHT. Pero nadie cuestiona (y ahora, menos) que haya violencia en el proyecto de agujerear el territorio vasco por entero con más de cien túneles y conductos, en la mayor obra pública de la historia vasca, para demostrar definitivamente que la vida rural cedió paso a la urbe y para que un grupo de empresarios con el corazón lleno de hormigón se llene los bolsillos. Una violencia que amenaza a 300 baserris (caseríos) donde se practica la agricultura respetuosa con el medio. Nadie recuerda que en las obras del TAV-AHT murió un trabajador rumano hace unas semanas, porque nadie ve violento ese proyecto, y vale más la vida del constructor que pone la pasta que la del constructor que pone la vida, aunque en este caso hayan acabado los dos en el mismo hoyo que están abriendo. Violencia es utilizar ese atentado político para convertir el atentado ecológico en “un símbolo de la libertad”. Y casualmente, ambos actos terroristas firman con la misma letra ("ETA" = "Y" en castellano). Y ambos actos han sido preparados y planeados siguiendo el mismo método: en un oscuro despacho y de espaldas a la gente.
Es violencia la del que ejecuta al ejecutor del plan, pero no es violencia la de quien encierra de por vida en la cárcel a quien lleva a cabo esa otra forma de violencia por todos reconocible. Sin embargo, también estos días murió un chaval de 23 años, Pedro Varela, en su primer día de trabajo en la construcción y no le dedicaron ni un pequeño espacio en el tediodiario. Trabajaba en una subcontrata, sin formación ni seguridad, y cayó a una fosa de 25 metros ahorcándose con un estribo. Un suceso que comúnmente asumimos como una desgracia, para la que poca gente va más allá y ve responsabilidades claras y directas.“Del Estado al hombre, es orden; del hombre al Estado, violencia”, cantaba Evaristo, depende de dónde venga la violencia para que la llamemos así. O paz. Los ejércitos nunca son un ejemplo de violencia, sino de “intervenciones humanitarias”. Tiran bombas como el agricultor semillas: para sembrar la paz. El pánico y las tragedias son para los literatos, que viven del sufrimiento ajeno.

¿Alguien está limpio para condenar la violencia en este capitalismo/canibalismo de casino? Claro está que eso también es una cuestión de poder y, si un día el Vaticano condena la Inquisición o los genocidios cometidos por la Iglesia en el nombre de Dios, o un gobierno USA condena el papel yanki en todas y cada una de las dictaduras latinoamericanas del siglo XX en el nombre del dólar, o la industria farmacéutica pide perdón por condenar a muerte a millones de seres humanos que no pueden pagar sus patentes, habremos avanzado algo. Otra cosa bien distinta es criticar las estrategias, y que no nos parezca útil o inteligente volar un puente, practicar un sabotaje, crear una guerrilla o atracar un banco; o que ciertas formas de violencia signifiquen un atraso individualista para los movimientos populares y las luchas colectivas. Pero eso no nos convierte ni en no violentos ni en pacifistas.

Y es que para utilizar la violencia (según el diccionario, utilizar la fuerza para conseguir un objetivo) no implica coger el machete: en la lucha de clases, no hay nada más revolucionario que la huelga (bajar los brazos y levantar la cabeza) para violentar el estado de las cosas; de la misma manera que en la lucha por los derechos de la mujer no hay forma más radical de subvertir el estado de las cosas que el empoderarse a sí misma. Gandhi venció al ejército con la fuerza de la resistencia y la desobediencia civil. Actos sin armas para violentar el patriarcado o el capitalismo hasta desmoronarlo.

Algo hemos ganado desde que se asumió la expresión de “terrorismo machista” para referirnos a la violencia de género contra la mujer. Y quizá algún día llegaremos a pasar esa frontera de ser esclavos incapaces de ver atentados contra la vida en los ecocidios cotidianos, en el maltrato animal, o en la explotación del hombre por el mercado. Pero no será fácil conseguirlo en nuestra cultura de la era de la manipulación y el abuso de poder del lenguaje por el inconsciente que nos gobierna, ya que la palabra violencia tiene tantas caras como la palabra hipocresía.

4 comentarios:

ada dijo...

La violencia tiene muchas caras...sí, y a veces incluso tiene la mala leche de pasar desapercibida o camuflarse entre los matorrales...

Te sigo, aún missing,te sigo. Bxuss!

igor dijo...

Sí! Ya veo que estás missing... el sábado en la fiesta del bah! tb te echamos en falta!

Besus besikus pacíficos, Ada!! :)

Bea dijo...

¿Dónde hay que firmar para apoyar este escrito?
Yo también soy una maltratada de los bancos, teleoperadoras, taxistas y un largo etc. aunque imagino que también seré violenta con otros.

Feliz 2009

igor dijo...

Si juntáramos todas las violencias (desde lo más invisible a lo más evidente) que sufrimos a lo largo del día... daría para dar la vuelta al mundo! Aro que también la usamos nosotrxs...

Gracias por "firmar", Bea :) y feliz 2009 isleño para ti tb!!